Atención!!

Como se puede apreciar en el "no título" y digo "no título" porque aún no lo tiene y, puesto que no se me ocurre ningún posible título para la novela, se acepta cualquier sugerencia como "posible título" ya que, en el caso de que esa sugerencia me gustase, la seleccionaría como título. Si tenéis alguna sugerencia, sólo tenéis que dejarme un comentario con el "posible título" en una de las entradas. Gracias ^^

domingo, 13 de noviembre de 2011

Capítulo 1.-Disparos.

Era la última hora del día y el profesor seguía explicando azarosamente algo que muy posiblemente caería en el examen, pero hacía rato que había dejado de escucharlo. Su voz se había ido transformando en un murmullo que se reducía conforme pasaban los segundos y quedaban menos de dos minutos para que tocase la sirena, anunciando el final de la jornada de clases. Sus ojos permanecían fijos en el segundero del reloj, observando, analizando cómo la minúscula manecilla avanzaba más despacio a cada eterno segundo que transcurría.
    La voz del profesor se intensificó haciendo que perdiera la concentración puesta en el reloj. Enseguida quedó claro el por qué él había gritado: casi todos sus compañeros habían empezado a recoger, haciendo ruido en el proceso e interrumpiendo su explicación, aunque dudaba que alguien estuviese escuchándolo plenamente.
    En ese momento, Bea puso justo al lado del reloj un papelito doblado varias veces por la mitad. Al mirarla, reconoció la expresión picarona que ya había vislumbrado en otras ocasiones. Sin que el profesor se percatase, deshizo los pliegues hasta que el mensaje fue visible.
    La sirena sonó antes de que terminase de leerlo y los alumnos se marcharon tan rápido como sus pies les permitieron, mientras que el profesor, a pesar del ruido intentaba inútilmente dar por concluida la explicación.
    –De verdad, Bea, no sé por qué insistes, ya te he dicho que tengo que estudiar– Lucy soltó ruidosamente la silla sobre la mesa.
    Casi se habían marchado todos cuando salió el profesor, dejándolas solas en el aula. Bea subió su silla negando con la cabeza.
    –¿Un sábado por la noche? Sabes que no vas a estudiar– Bea la miró fijamente, a la vez que analizaba su reacción–. Ven con nosotros, te divertirás y podrás despejarte un poco. No sé tú, pero yo voy a explotar si no hago otra cosa aparte de estudiar.
    Cogieron sus chaquetones, colgados en la percha y salieron del aula. Al pasar por una de las papeleras del pasillo, Lucy tiró el papel que momentos antes le había dado su amiga.
    –Apenas si sé de qué va el tema y el examen es este martes. Además, mi padre dice que si suspendo, aunque sea sólo una asignatura, me tendrá castigada de por vida.
    Bea se llevó las manos a la cabeza.
    –¡A mí no me engañas! Seguro que te ha chantajeado diciéndote que te regalará un cachorrito y claro, tú te pones a estudiar como una posesa y al final te dirá que no va a poder ser y te dará alguna escusa estúpida.
    Lucy se encogió de hombros, exasperada porque no conseguía hacer entrar en razón a Bea.
    –Sabes que casi siempre suspendo algo. – Bea levantó una ceja, escéptica– Tampoco es que tenga muchas ganas de salir…
    –Anda Lucy, ¡anímate!– insistió Bea– Vente este sábado. Y te prometo… Te juro que no volveré a molestar hasta que se acaben los exámenes.
    Lucy se lo planteó en serio, valía la pena salir un día con tal de que Bea dejase de chincharla durante un tiempo, aunque, por otro lado si suspendía el examen, le caería una buena. Quizás si se recogiera temprano…
    –Y para tu sorpresa– continuó Bea– este sábado va a venir una personita muy especial. A que no adivinas quién es…
    –¡Oh, por favor! –Habló tan alto, que varios alumnos que salían junto a ellas del instituto se volvieron a mirarla– ¡No me puedo creer que aun sigas con eso!
    –¿Entonces vendrás? –Bea sonreía. Había ganado y lo sabía.
    A Lucy se le escapó una sonrisa socarrona a la vez que asentía con la cabeza, en ese instante, Bea saltó sobre ella, envolviéndola en un abrazo ridiculizante.
    –Tranqui, tranqui–la inquirió Lucy–, y que conste que sólo voy porque a cambio has prometido no obligarme a salir hasta que acaben todos los exámenes.
    Bea la soltó de golpe y entre carcajadas salieron por completo del instituto. Permanecieron en silencio hasta que, al llegar al cruce en el que se separaban sus caminos, Bea se detuvo en seco.
    –Lucy…– el tono empleado por Bea le resultó extraño y a la vez alimentó su curiosidad. Pero después de su nombre, ya pasados unos minutos, no dijo nada más.
    –¿Ocurre algo, Bea?
    La eludida agachó la cabeza, consciente de que habría sido mejor no haber dicho nada. Suspiró. A veces, era muchísimo mejor y con diferencia, no decir nada.
    –Nada– negó con la cabeza–, no importa. No llegues tarde mañana, ¿eh? –Bea le guiñó un ojo y prácticamente echó a correr en dirección a su casa.
    Lucy suspiró, demasiados suspiros en un día… Mas, algo sabía a ciencia cierta, el día que Bea dejase de actuar raro se creería cualquier cosa, por muy extravagante que fuese. Ya no quedaba casi nadie en la calle, algo lógico, pues habían tardado más tiempo del acostumbrado en salir. Un raudo vistazo al reloj le confirmó que casi eran las tres y media. Max la iba a matar. Le había  dicho tantas veces que no se tardase tanto en volver al instituto…
    Aceleró el paso, a esas alturas, ya no existía nadie capaz de librarla de un largo y tendido sermón, pero si se daba prisa y con un poco de suerte, podría amainarlo un poco. Odiaba las normas y más en concreto las normas de Max, que era un experto en poner todo tipo de normas. A veces, tenía la sensación de que él no pensaba en otra cosa; Normas, normas, normas… Bueno, en ocasiones cambiaba de palabra claro que, el concepto seguía siendo el mismo.
    Un escalofrío le recorrió la espalda seguido de la sensación que le sobrevenía cuando creía que alguien la observaba. Caminando por la acera, se dio la vuelta varias veces pero en ninguna de las ocasiones consiguió ver a alguien. La calle estaba totalmente desierta. Sin embargo, la sensación no desaparecía y eso la ponía nerviosa, muy nerviosa. Inútilmente, procuró despejar la mente, pensar en la fiesta del sábado, no obstante cada vez se sentía más y más observada, del mismo modo que si alguien la estuviera persiguiendo.
    Al escuchar de improviso varios pasos a su espalda se detuvo, asustada.
    Despacio, se giró hacia la persona que se había detenido al mismo tiempo que ella. Unos metros detrás de ella, un hombre que dejaba escapar bajo el gorro de lana algunos rizos rubios, la miraba con tal brutalidad que, involuntariamente retrocedió varios pasos para atrás. Sus respiraciones se hicieron perceptibles en forma de vaho a causa del frío que los envolvía.
    En menos de un segundo, el individuo se sacó una pistola del bolsillo y le disparó directamente a la cabeza.
    Desconcertada e incrédula, pudo ver cómo la bala se dirigía lentamente hacia ella, el modo en que cortaba el aire en su dirección. El corazón le latía a mil por hora, notó como una lágrima empezaba a humedecerle el ojo.
    Mientras la esquivaba, tan despacio que por un momento creyó que la bala impactaría contra su cabeza, el vaho que permanecía ante ella se transformó en una línea que marcaba el recorrido con el que había esquivado la bala, que avanzaba imperturbablemente.
    Ésta atravesó a una velocidad de vértigo el vaho, dejando un surco en él. La lágrima que se había formado en un ojo recorrió toda su mejilla hasta caer al suelo. Y su aliento cobró fuerza conforme el tiempo recuperaba su velocidad normal. El sonido del disparo la envolvió como si se tratase de una burbuja, que estalló en mil pedazos cuando se escuchó el segundo disparo.
    Lo esquivó al mismo tiempo que se daba la vuelta para echar a correr, la segunda bala la adelantó y se perdió en la lejanía. Aun así, siguió corriendo, decidida a no pararse hasta estar en su casa, o en cualquier otro lugar donde ese hombre no pudiese alcanzarla.
    Atravesó la esquina de la calle con el sonido del tercer disparo retumbándole en los oídos.
    ¿Por qué a ella?¿Qué es lo que había hecho para que ese hombre la persiguiera de aquel modo? Lo único que sabía en aquel momento era que las piernas empezaban a fallarle y que aquel hombre la perseguía… Con una pistola.
    Volvió a tomar otra esquina de la calle y, apresurada, se escondió detrás de un coche. Dudaba que fuera capaz de continuar mucho más tiempo con el ritmo que se había impuesto a sí misma. Rezó para que el hombre no la encontrase e hizo un esfuerzo para que su respiración no fuese demasiado audible. El corazón le iba a estallar. Sintió como las lágrimas volvían a formarse en sus ojos. Genial. Lo último que le faltaba en ese momento era que se le entorpeciera la visión.
    Escuchó el sonido de los pasos que llegaban corriendo desde la esquina que ella había atravesado segundos antes. Se detuvieron en el lado opuesto del coche tras el que estaba oculta.
    El silencio pasó a ser absoluto y lo único que se escuchaba, aunque muy bajito, era su respiración que aún no había recuperado su ritmo normal. Agachada, se deslizó por el suelo para acercarse a uno de los extremos del coche. Con el corazón en un puño, se asomó por debajo de éste, pero allí no había nadie. No se veía ningún par de pies al otro lado. Se le escapó una bocanada de aire que no era consciente de estar reteniendo.
    De pronto, alguien le tiró del pelo tan fuerte, que en medio de un gritó quedó tumbada bocarriba mirando fijamente al que sería su asesino. Éste tenía la pistola a escasos centímetros de su cabeza. Sonreía con malicia, disfrutando plenamente de lo que estaba a punto de hacer.
    Lucy comprendió que era el final, que todo lo que había conocido hasta aquel momento, se iba a acabar para siempre. Las lágrimas surcaban sus mejillas con libertad total, ya ni siquiera le veía el rostro a aquel hombre. Escuchó el sonido del disparo, el cuarto tiro, pensó con ironía casi al mismo tiempo que la oscuridad se la llevaba.

***

    Dani había escuchado los dos primeros disparos y sin pensárselo dos veces había acudido al lugar de su procedencia.
    Reconoció a primera vista al tipo que perseguía a Lucy, aunque éste siquiera le había visto, de tan ocupado como estaba en perseguirla, un error muy estúpido por su parte. Su padre le había dicho más o menos una semana atrás que el tipo andaba por el vecindario y que era casi seguro que no planeara nada bueno. Pero en ningún momento se había imaginado que fuera a por Lucy.
    Le habían dicho que el tipo respondía al nombre de Sam, aunque fuese obvio que no se llamaba así y que era especialmente bueno con un arma a corta distancia. Lucy había hecho lo correcto al alejarse de él.
    Cuando llego hasta donde estaban ellos, Sam apuntaba a Lucy directamente a la cabeza, sin contemplaciones. Él no tenía la puntería de su padre con un arma, añadiendo el hecho de que no llevaba ninguna pistola encima. Pero se le daba muy bien el lanzamiento de cuchillos, jodidamente bien sería la frase empleada por Maxi. Casi cualquier objeto se podía utilizar con fines dañinos. Claro, que él nunca iba desarmado.
    Sin titubeos sacó del bolsillo del pantalón un cuchillo no mucho más grande que una llave pues con ese tamaño pasaba como llavero, sin embargo, utilizándolo del modo adecuado podría llegar a ser letal. Ahora sólo necesitaba un buen blanco.
    En un principio, decidió apuntar a matar, pero disintió al instante. Quería respuestas y ese tipo iba a proporcionárselas una a una. El pequeño cuchillo rasgó el aire directo a la mano con la que Sam sujetaba el arma, cortando en el proceso varios tendones de la mano. Sam gritó y el arma se disparó. Dani suplicó con que el tiro fuera errado. Salvó la distancia que había entre él y el asesino, saltó sobre este último tirándole al suelo. La pistola cayó al suelo, lejos de su alcance. Había sangre por todos lados y estaba tan preocupado por Lucy…
    Tanto su vida como la de ella, dependían de que Sam no volviera a coger la pistola. Volaban patadas y puñetazos por doquier. Dani recordó que Sam aún tenía el cuchillo clavado en la mano, buscó a tientas la mano dañada y, al localizarla tiró con fuerza del cuchillo, a la vez que recibía un fuerte puñetazo en el pómulo derecho. Sam se encogió cuando el cuchillo se introdujo, a voluntad de Dani, en uno de sus ojos.
    El chico, sangrando por la nariz, se arrastró por el suelo hasta llegar al arma. Apuntando con ella al tipo, le miró con unos ojos que conocían por primera vez lo que era salvar el pellejo.
    –Lárgate– le susurró.
    Sam le miró con el único ojo que le quedaba, sujetándose con la mano herida el ojo con el que jamás volvería a ver. El odio que le inspiraba aquel muchacho inesperado jamás desaparecería. Sam se juró a si mismo que se vengaría por haberle dejado tuerto. Se marchó dejando tras de sí un rastro de sangre.
    Dani dejó a un lado la pistola y se remolcó hasta donde estaba Lucy. La bala sólo le había rozado el hombro. Agradecido, sacó el móvil y marcó el primer número de su lista de contactos. Contestó al primer tono y antes de que pudiese decir nada, Dani le informaba de su situación.
    –Papá, estoy en el callejón que hay al lado del banco. Ha sido Sam, yo estoy bien pero Lucy tiene una herida superficial en el hombro. No te tardes– acto seguido, colgó. No le hacía falta una respuesta, pues ya sabía que su padre no tardaría en llegar allí.
    Volvió a concentrar toda su atención en Lucy, que estaba abriendo los ojos poco a poco.
    –Dani– Ella le miró extrañada– ¿Qué…?– sus ojos se agrandaron conforme iba recordando lo que le había pasado antes de caer inconsciente– ¿Qué ha pasado? ¿Por qué ese hombre…?
    –Levántate– la cortó Dani.
    – ¿A dónde vamos?
    –A casa.
    –¿Y por qué…?– siguió preguntando Lucy, pero al mover el brazo notó un dolor punzante en el hombro– ¿qué ha pasado?
    –Lucy– Dani le pidió con la mirada que le prestase atención–, ya habrá tiempo para explicaciones más tarde, cuando estemos en casa, ¿vale? –Lucy asintió con la cabeza– Ahora tenemos que irnos de aquí.
    –¿Cómo? –le preguntó con una mueca, el dolor del hombro se acentuaba por momentos.
    No le fue necesario que respondiera pues un coche negro se detuvo a su lado… y Max bajó para llevárselos a un lugar seguro.