Unos suaves golpecitos en el hombro acompañados de la voz de su esposa lo sacaron del sueño en el que se hallaba sumido y del que en un principio no tenía intención de despertarse, al menos no hasta las ocho.
–Despierta, Max despierta.
Aún adormecido, se giró lentamente hacia su esposa hasta que sus ojos quedaron a la misma altura, de igual a igual. Antes de casarse con ella, vivía para sus ojos, por sus miradas; esos ojos azules brillaban con tal intensidad que aún después de todo el tiempo que llevaban juntos, todavía le hacían contener la respiración, incluso en la oscuridad de la noche. Su mirada le atravesó del mismo modo en el que un rayo impacta contra un árbol, cada una de sus miradas era como una nueva sensación, tal que no había llegado a acostumbrarse a ello, ya con el paso de los años, había aceptado que jamás se acostumbraría.
–Max, están llamando a la puerta.
En silencio y mirándola fijamente a los ojos, Máximo pudo apreciar que estaba asustada. En apenas un segundo, recordó el día que le confesó a Emily la verdad, su verdad… La reacción asustadiza de ella no era en absoluto cobardía, sino prudencia. El timbre sonó de nuevo, confirmando lo que le había dicho. El silencio volvió a la habitación ligeramente interrumpido por la entrecortada respiración de su esposa que, con cada segundo que pasaba sus nervios pasaban a un nuevo nivel de descontrol.
–Tranquila cariño– con cuidado le besó los labios, apenas una caricia que bastó para tranquilizarla–. No pasa nada, ¿vale?
–¿Y los niños?
–Yo me encargo.
Al levantarse de la cama, sintió como el frío helaba sus pies descalzos, buscó a tientas las zapatillas, pero recordó, no sin cierta frustración, que las había dejado en el cuarto de baño de la planta baja. Con un parpadeo, el reloj situado a su izquierda sobre la mesita de noche, acababa de marcar las cuatro y treintainueve de la madrugada. El timbre sonó de nuevo y Máximo levantó su adormecido cuerpo de la cama. Mientras salía de la habitación, fue consciente de la mirada de Emily, que no le abandonó hasta que lo perdió por completo de vista.
Antes de bajar, pasó por la habitación de los niños que, como pudo comprobar, seguían durmiendo, pese al incesante timbre.
Bajando la escalera, notó que estaba nervioso incluso se sentía ansioso por saber quién era la persona que esperaba al otro lado de la puerta. Podía tratarse de cualquiera y la experiencia le decía que no era buena idea descartar a las personas sin tener varias pruebas que lo justificaran. Las palabras de su padre sonaron en su cabeza como el eco de un pasado lejano; “la seguridad ante todo”. Existiera peligro o no, nunca estaba de más estar protegido. Con sigilo, abrió el armario empotrado que había en el hueco de la escalera. El armario que aparentemente estaba reservado sólo para los abrigos, escondía en su interior una pequeña puertecita oculta en un lateral de la zona donde se colgaban los abrigos, esta, era ilocalizable a no ser que ya se conociera su ubicación. Dentro, ocultaba varias pistolas de 9mm y de las cuales sólo precisó de una, a la que le añadió el silenciador, para que, en el caso de que disparase, ningún vecino entrometido llamase a la policía. Cuando la tuvo preparada, cerró todas las puertas del armario sin hacer ruido.
El timbre continuó sonando, dejando cada vez menos tiempo entre un tono y otro. Con la pistola en la mano y pegando su cuerpo todo lo posible a la pared, llegó hasta la puerta. Segundos antes de abrir la puerta, un escalofrío le recorrió toda la médula, aquella sensación le sorprendió e impactó hasta tal punto, que se quedó inmóvil ante la puerta, a escasos centímetros del pomo. El timbre dejó de sonar. Hacía tantos años que no sentía esa sensación, tanto tiempo que la había apartado de su vida, que no esperaba volver a sentirla nunca más.
Respiró profundamente.
Como si se tratase de un acto reflejo, giró el pomo y antes de que la puerta hubiese terminado de abrirse, sujetaba con firmeza su pistola apuntando directamente a la cabeza de la persona que se hallaba en la entrada.
–Muévete y te mato– La veracidad de aquellas palabras cayó entre ambos como algo palpable; cualquier paso en falso significaría la muerte para uno de los dos.
–Nada ha cambiado, ¿verdad?– Ella levantó las manos para que quedase claro que estaba totalmente desarmada, o al menos en apariencia.
–El tiempo no puede cambiarlo todo, y creo que la última vez te dejé bien claro lo que te pasaría si volvíamos a encontrarnos –sus dedos acariciaron el gatillo, listo para disparar al más mínimo movimiento.
–Lo siento. –agachó la cabeza y se mordió discretamente el labio… temblaba.
Por un segundo, Máximo se permitió relajar la postura que mantenía sobre el arma. Quizás, después de todo el tiempo sí que lo había ablandado. Despacio, bajó el arma de modo que apuntase al suelo y se tomó el lujo de relajar los hombros. La observó mientras ella contenía el llanto.
Había cambiado. La chica joven y tenaz que vivía en esa misma casa tiempo atrás, había desaparecido sin dejar rastro alguno; su mirada, antes alegre y jovial, ahora era triste y denotaba cansancio en sus visibles ojeras, su cabello había perdido color y su rostro mostraba pequeñas muestras del paso del tiempo que no se preocupaba en ocultar. Finalmente, Max hizo la pregunta que se planteaba desde el momento en el que supo que ella estaba al otro lado de la puerta.
–¿Qué es lo que quieres, Raquel?
Ella dudó, preguntándose si podía o no contarle sus pesares y sobre todo, asustada de que él le negase su ayuda. En otro tiempo, que ahora se le antojaba muy lejano, habían sido íntimos, no había nada que el uno no supiese del otro, o al menos, así fue hasta el día que, evidentemente, lo cambió todo. Raquel alzó la cabeza para mirarle directamente a la cara.
–Sé que lo que hice fue injusto… y que no tengo escusa por ello. Aunque te cueste creerlo, pienso en ello todos los días, y todos los días lamento no haber sido capaz de actuar de otro modo. He estado viviendo mi vida sin otorgarle valor alguno… pero ahora… ahora…
Una silenciosa lágrima se deslizó por su mejilla al igual que un minúsculo riachuelo, segundos después de que surgiera, Raquel se frotó, casi con ansia, la mejilla mojada para hacerla desaparecer. Apesadumbrada y con los ojos húmedos por las lágrimas contenidas, le miró, por primera vez desde que abriese la puerta, directamente a los ojos.
–¿Puedo… pasar?
¿Cómo podría decirle que no? No podía, a pesar de todo, no podía.
Asintió con la cabeza y se hizo a un lado, dejando espacio suficiente para que pasara. Ella atravesó el umbral algo vacilante, consciente de que Max podía cambiar de opinión de un momento a otro.
Raquel cruzó el pasillo que llevaba al salón a la vez que los recuerdos se aglomeraban en su cabeza, le echó un ligero vistazo a la decoración en la que observó ligeras modificaciones que hablaban de la familia que ahora vivía allí.
Con nostalgia, acarició el brazo del sofá que aún conservaba el suave tacto que la había fascinado desde su más tierna infancia, con los años, había buscado esa misma tela por todas partes, pero sin mucho éxito. Intentó sentarse sin hacer ningún movimiento brusco, pero el cansancio acumulado de varios días pudo con ella y se dejó caer con un suspiro.
Máximo se sentó a su lado, esperando que fuese ella la que tomase la palabra. Pero los minutos transcurrieron y el silencio era abrumador, apenas roto por sus respiraciones. Max se dejó caer sobre el sofá, había pasado suficiente tiempo desde que bajó como para que Emily se preocupara.
–Tengo que ir a decirle a mi…– dudó por un instante lo que iba a decir ya que Raquel no sabía nada sobre Emily– a mi esposa que estás aquí.
Se levantó del sofá e hizo un amago por alejarse pero Raquel lo detuvo reteniéndole la mano. Levantando la vista hacia él, pudo notar que estaba asustada e inquieta. En ese instante, supo que algo iba mucho peor de lo que en un principio podía haberse imaginado, del mismo modo, que en su interior supo que no importaba qué le pidiese, haría todo lo que estuviese en su mano.
–Maxi…– Raquel susurró su nombre a la vez que de sus ojos comenzaban a manar lágrimas– Estoy embarazada, he abandonado un trabajo y no sé cómo habrán reaccionado los de arriba… Tengo tanto miedo.
Máximo volvió a sentarse a su lado y antes de que ella pudiera decir nada más, la abrazó del mismo modo en el que lo hacía cuando eran niños y sus problemas podían solucionarse sin que nadie saliera perjudicado. Raquel lloró aquella noche todo lo que no había llorado en su vida.
Más tarde, ambos seguían abrazados sobre el sofá, ella casi se había quedado dormida, pero aún la escuchaba sollozar, conteniendo los restos de sus múltiples lágrimas retenidas durante años.
–Maxi–susurró Raquel sorbiéndose sonoramente los mocos–, no quiero que mi hijo lleve la misma vida que yo… Sólo quiero que sea normal. No me importa lo que tenga que hacer, aunque me cueste la vida.
Se quedaron callados, en aquel silencio, sus palabras hicieron mella en Máximo, que reflexionó sobre ello y las posibilidades que podrían tomar para encontrar una solución que les agradara a los dos. Raquel, en cambio, de lo único que era consciente, era de la vida que se estaba formando en su interior y en el cambio radical que se produjo en sí misma en el instante en que aquel test dio positivo.