Atención!!

Como se puede apreciar en el "no título" y digo "no título" porque aún no lo tiene y, puesto que no se me ocurre ningún posible título para la novela, se acepta cualquier sugerencia como "posible título" ya que, en el caso de que esa sugerencia me gustase, la seleccionaría como título. Si tenéis alguna sugerencia, sólo tenéis que dejarme un comentario con el "posible título" en una de las entradas. Gracias ^^

domingo, 13 de noviembre de 2011

Capítulo 1.-Disparos.

Era la última hora del día y el profesor seguía explicando azarosamente algo que muy posiblemente caería en el examen, pero hacía rato que había dejado de escucharlo. Su voz se había ido transformando en un murmullo que se reducía conforme pasaban los segundos y quedaban menos de dos minutos para que tocase la sirena, anunciando el final de la jornada de clases. Sus ojos permanecían fijos en el segundero del reloj, observando, analizando cómo la minúscula manecilla avanzaba más despacio a cada eterno segundo que transcurría.
    La voz del profesor se intensificó haciendo que perdiera la concentración puesta en el reloj. Enseguida quedó claro el por qué él había gritado: casi todos sus compañeros habían empezado a recoger, haciendo ruido en el proceso e interrumpiendo su explicación, aunque dudaba que alguien estuviese escuchándolo plenamente.
    En ese momento, Bea puso justo al lado del reloj un papelito doblado varias veces por la mitad. Al mirarla, reconoció la expresión picarona que ya había vislumbrado en otras ocasiones. Sin que el profesor se percatase, deshizo los pliegues hasta que el mensaje fue visible.
    La sirena sonó antes de que terminase de leerlo y los alumnos se marcharon tan rápido como sus pies les permitieron, mientras que el profesor, a pesar del ruido intentaba inútilmente dar por concluida la explicación.
    –De verdad, Bea, no sé por qué insistes, ya te he dicho que tengo que estudiar– Lucy soltó ruidosamente la silla sobre la mesa.
    Casi se habían marchado todos cuando salió el profesor, dejándolas solas en el aula. Bea subió su silla negando con la cabeza.
    –¿Un sábado por la noche? Sabes que no vas a estudiar– Bea la miró fijamente, a la vez que analizaba su reacción–. Ven con nosotros, te divertirás y podrás despejarte un poco. No sé tú, pero yo voy a explotar si no hago otra cosa aparte de estudiar.
    Cogieron sus chaquetones, colgados en la percha y salieron del aula. Al pasar por una de las papeleras del pasillo, Lucy tiró el papel que momentos antes le había dado su amiga.
    –Apenas si sé de qué va el tema y el examen es este martes. Además, mi padre dice que si suspendo, aunque sea sólo una asignatura, me tendrá castigada de por vida.
    Bea se llevó las manos a la cabeza.
    –¡A mí no me engañas! Seguro que te ha chantajeado diciéndote que te regalará un cachorrito y claro, tú te pones a estudiar como una posesa y al final te dirá que no va a poder ser y te dará alguna escusa estúpida.
    Lucy se encogió de hombros, exasperada porque no conseguía hacer entrar en razón a Bea.
    –Sabes que casi siempre suspendo algo. – Bea levantó una ceja, escéptica– Tampoco es que tenga muchas ganas de salir…
    –Anda Lucy, ¡anímate!– insistió Bea– Vente este sábado. Y te prometo… Te juro que no volveré a molestar hasta que se acaben los exámenes.
    Lucy se lo planteó en serio, valía la pena salir un día con tal de que Bea dejase de chincharla durante un tiempo, aunque, por otro lado si suspendía el examen, le caería una buena. Quizás si se recogiera temprano…
    –Y para tu sorpresa– continuó Bea– este sábado va a venir una personita muy especial. A que no adivinas quién es…
    –¡Oh, por favor! –Habló tan alto, que varios alumnos que salían junto a ellas del instituto se volvieron a mirarla– ¡No me puedo creer que aun sigas con eso!
    –¿Entonces vendrás? –Bea sonreía. Había ganado y lo sabía.
    A Lucy se le escapó una sonrisa socarrona a la vez que asentía con la cabeza, en ese instante, Bea saltó sobre ella, envolviéndola en un abrazo ridiculizante.
    –Tranqui, tranqui–la inquirió Lucy–, y que conste que sólo voy porque a cambio has prometido no obligarme a salir hasta que acaben todos los exámenes.
    Bea la soltó de golpe y entre carcajadas salieron por completo del instituto. Permanecieron en silencio hasta que, al llegar al cruce en el que se separaban sus caminos, Bea se detuvo en seco.
    –Lucy…– el tono empleado por Bea le resultó extraño y a la vez alimentó su curiosidad. Pero después de su nombre, ya pasados unos minutos, no dijo nada más.
    –¿Ocurre algo, Bea?
    La eludida agachó la cabeza, consciente de que habría sido mejor no haber dicho nada. Suspiró. A veces, era muchísimo mejor y con diferencia, no decir nada.
    –Nada– negó con la cabeza–, no importa. No llegues tarde mañana, ¿eh? –Bea le guiñó un ojo y prácticamente echó a correr en dirección a su casa.
    Lucy suspiró, demasiados suspiros en un día… Mas, algo sabía a ciencia cierta, el día que Bea dejase de actuar raro se creería cualquier cosa, por muy extravagante que fuese. Ya no quedaba casi nadie en la calle, algo lógico, pues habían tardado más tiempo del acostumbrado en salir. Un raudo vistazo al reloj le confirmó que casi eran las tres y media. Max la iba a matar. Le había  dicho tantas veces que no se tardase tanto en volver al instituto…
    Aceleró el paso, a esas alturas, ya no existía nadie capaz de librarla de un largo y tendido sermón, pero si se daba prisa y con un poco de suerte, podría amainarlo un poco. Odiaba las normas y más en concreto las normas de Max, que era un experto en poner todo tipo de normas. A veces, tenía la sensación de que él no pensaba en otra cosa; Normas, normas, normas… Bueno, en ocasiones cambiaba de palabra claro que, el concepto seguía siendo el mismo.
    Un escalofrío le recorrió la espalda seguido de la sensación que le sobrevenía cuando creía que alguien la observaba. Caminando por la acera, se dio la vuelta varias veces pero en ninguna de las ocasiones consiguió ver a alguien. La calle estaba totalmente desierta. Sin embargo, la sensación no desaparecía y eso la ponía nerviosa, muy nerviosa. Inútilmente, procuró despejar la mente, pensar en la fiesta del sábado, no obstante cada vez se sentía más y más observada, del mismo modo que si alguien la estuviera persiguiendo.
    Al escuchar de improviso varios pasos a su espalda se detuvo, asustada.
    Despacio, se giró hacia la persona que se había detenido al mismo tiempo que ella. Unos metros detrás de ella, un hombre que dejaba escapar bajo el gorro de lana algunos rizos rubios, la miraba con tal brutalidad que, involuntariamente retrocedió varios pasos para atrás. Sus respiraciones se hicieron perceptibles en forma de vaho a causa del frío que los envolvía.
    En menos de un segundo, el individuo se sacó una pistola del bolsillo y le disparó directamente a la cabeza.
    Desconcertada e incrédula, pudo ver cómo la bala se dirigía lentamente hacia ella, el modo en que cortaba el aire en su dirección. El corazón le latía a mil por hora, notó como una lágrima empezaba a humedecerle el ojo.
    Mientras la esquivaba, tan despacio que por un momento creyó que la bala impactaría contra su cabeza, el vaho que permanecía ante ella se transformó en una línea que marcaba el recorrido con el que había esquivado la bala, que avanzaba imperturbablemente.
    Ésta atravesó a una velocidad de vértigo el vaho, dejando un surco en él. La lágrima que se había formado en un ojo recorrió toda su mejilla hasta caer al suelo. Y su aliento cobró fuerza conforme el tiempo recuperaba su velocidad normal. El sonido del disparo la envolvió como si se tratase de una burbuja, que estalló en mil pedazos cuando se escuchó el segundo disparo.
    Lo esquivó al mismo tiempo que se daba la vuelta para echar a correr, la segunda bala la adelantó y se perdió en la lejanía. Aun así, siguió corriendo, decidida a no pararse hasta estar en su casa, o en cualquier otro lugar donde ese hombre no pudiese alcanzarla.
    Atravesó la esquina de la calle con el sonido del tercer disparo retumbándole en los oídos.
    ¿Por qué a ella?¿Qué es lo que había hecho para que ese hombre la persiguiera de aquel modo? Lo único que sabía en aquel momento era que las piernas empezaban a fallarle y que aquel hombre la perseguía… Con una pistola.
    Volvió a tomar otra esquina de la calle y, apresurada, se escondió detrás de un coche. Dudaba que fuera capaz de continuar mucho más tiempo con el ritmo que se había impuesto a sí misma. Rezó para que el hombre no la encontrase e hizo un esfuerzo para que su respiración no fuese demasiado audible. El corazón le iba a estallar. Sintió como las lágrimas volvían a formarse en sus ojos. Genial. Lo último que le faltaba en ese momento era que se le entorpeciera la visión.
    Escuchó el sonido de los pasos que llegaban corriendo desde la esquina que ella había atravesado segundos antes. Se detuvieron en el lado opuesto del coche tras el que estaba oculta.
    El silencio pasó a ser absoluto y lo único que se escuchaba, aunque muy bajito, era su respiración que aún no había recuperado su ritmo normal. Agachada, se deslizó por el suelo para acercarse a uno de los extremos del coche. Con el corazón en un puño, se asomó por debajo de éste, pero allí no había nadie. No se veía ningún par de pies al otro lado. Se le escapó una bocanada de aire que no era consciente de estar reteniendo.
    De pronto, alguien le tiró del pelo tan fuerte, que en medio de un gritó quedó tumbada bocarriba mirando fijamente al que sería su asesino. Éste tenía la pistola a escasos centímetros de su cabeza. Sonreía con malicia, disfrutando plenamente de lo que estaba a punto de hacer.
    Lucy comprendió que era el final, que todo lo que había conocido hasta aquel momento, se iba a acabar para siempre. Las lágrimas surcaban sus mejillas con libertad total, ya ni siquiera le veía el rostro a aquel hombre. Escuchó el sonido del disparo, el cuarto tiro, pensó con ironía casi al mismo tiempo que la oscuridad se la llevaba.

***

    Dani había escuchado los dos primeros disparos y sin pensárselo dos veces había acudido al lugar de su procedencia.
    Reconoció a primera vista al tipo que perseguía a Lucy, aunque éste siquiera le había visto, de tan ocupado como estaba en perseguirla, un error muy estúpido por su parte. Su padre le había dicho más o menos una semana atrás que el tipo andaba por el vecindario y que era casi seguro que no planeara nada bueno. Pero en ningún momento se había imaginado que fuera a por Lucy.
    Le habían dicho que el tipo respondía al nombre de Sam, aunque fuese obvio que no se llamaba así y que era especialmente bueno con un arma a corta distancia. Lucy había hecho lo correcto al alejarse de él.
    Cuando llego hasta donde estaban ellos, Sam apuntaba a Lucy directamente a la cabeza, sin contemplaciones. Él no tenía la puntería de su padre con un arma, añadiendo el hecho de que no llevaba ninguna pistola encima. Pero se le daba muy bien el lanzamiento de cuchillos, jodidamente bien sería la frase empleada por Maxi. Casi cualquier objeto se podía utilizar con fines dañinos. Claro, que él nunca iba desarmado.
    Sin titubeos sacó del bolsillo del pantalón un cuchillo no mucho más grande que una llave pues con ese tamaño pasaba como llavero, sin embargo, utilizándolo del modo adecuado podría llegar a ser letal. Ahora sólo necesitaba un buen blanco.
    En un principio, decidió apuntar a matar, pero disintió al instante. Quería respuestas y ese tipo iba a proporcionárselas una a una. El pequeño cuchillo rasgó el aire directo a la mano con la que Sam sujetaba el arma, cortando en el proceso varios tendones de la mano. Sam gritó y el arma se disparó. Dani suplicó con que el tiro fuera errado. Salvó la distancia que había entre él y el asesino, saltó sobre este último tirándole al suelo. La pistola cayó al suelo, lejos de su alcance. Había sangre por todos lados y estaba tan preocupado por Lucy…
    Tanto su vida como la de ella, dependían de que Sam no volviera a coger la pistola. Volaban patadas y puñetazos por doquier. Dani recordó que Sam aún tenía el cuchillo clavado en la mano, buscó a tientas la mano dañada y, al localizarla tiró con fuerza del cuchillo, a la vez que recibía un fuerte puñetazo en el pómulo derecho. Sam se encogió cuando el cuchillo se introdujo, a voluntad de Dani, en uno de sus ojos.
    El chico, sangrando por la nariz, se arrastró por el suelo hasta llegar al arma. Apuntando con ella al tipo, le miró con unos ojos que conocían por primera vez lo que era salvar el pellejo.
    –Lárgate– le susurró.
    Sam le miró con el único ojo que le quedaba, sujetándose con la mano herida el ojo con el que jamás volvería a ver. El odio que le inspiraba aquel muchacho inesperado jamás desaparecería. Sam se juró a si mismo que se vengaría por haberle dejado tuerto. Se marchó dejando tras de sí un rastro de sangre.
    Dani dejó a un lado la pistola y se remolcó hasta donde estaba Lucy. La bala sólo le había rozado el hombro. Agradecido, sacó el móvil y marcó el primer número de su lista de contactos. Contestó al primer tono y antes de que pudiese decir nada, Dani le informaba de su situación.
    –Papá, estoy en el callejón que hay al lado del banco. Ha sido Sam, yo estoy bien pero Lucy tiene una herida superficial en el hombro. No te tardes– acto seguido, colgó. No le hacía falta una respuesta, pues ya sabía que su padre no tardaría en llegar allí.
    Volvió a concentrar toda su atención en Lucy, que estaba abriendo los ojos poco a poco.
    –Dani– Ella le miró extrañada– ¿Qué…?– sus ojos se agrandaron conforme iba recordando lo que le había pasado antes de caer inconsciente– ¿Qué ha pasado? ¿Por qué ese hombre…?
    –Levántate– la cortó Dani.
    – ¿A dónde vamos?
    –A casa.
    –¿Y por qué…?– siguió preguntando Lucy, pero al mover el brazo notó un dolor punzante en el hombro– ¿qué ha pasado?
    –Lucy– Dani le pidió con la mirada que le prestase atención–, ya habrá tiempo para explicaciones más tarde, cuando estemos en casa, ¿vale? –Lucy asintió con la cabeza– Ahora tenemos que irnos de aquí.
    –¿Cómo? –le preguntó con una mueca, el dolor del hombro se acentuaba por momentos.
    No le fue necesario que respondiera pues un coche negro se detuvo a su lado… y Max bajó para llevárselos a un lugar seguro.

domingo, 30 de octubre de 2011

Capítulo 0.- Lo siento. (Prólogo)

    Unos suaves golpecitos en el hombro acompañados de la voz de su esposa lo sacaron del sueño en el que se hallaba sumido y del que en un principio no tenía intención de despertarse, al menos no hasta las ocho.
    –Despierta, Max despierta.
    Aún adormecido, se giró lentamente hacia su esposa hasta que sus ojos quedaron a la misma altura, de igual a igual. Antes de casarse con ella, vivía para sus ojos, por sus miradas; esos ojos azules brillaban con tal intensidad que aún después de todo el tiempo que llevaban juntos, todavía le hacían contener la respiración, incluso en la oscuridad de la noche. Su mirada le atravesó del mismo modo en el que un rayo impacta contra un árbol, cada una de sus miradas era como una nueva sensación, tal que no había llegado a acostumbrarse a ello, ya con el paso de los años, había aceptado que jamás se acostumbraría.
    –Max, están llamando a la puerta.
    En silencio y mirándola fijamente a los ojos, Máximo pudo apreciar que estaba asustada. En apenas un segundo, recordó el día que le confesó a Emily la verdad, su verdad… La reacción asustadiza de ella no era en absoluto cobardía, sino prudencia. El timbre sonó de nuevo, confirmando lo que le había dicho. El silencio volvió a la habitación ligeramente interrumpido por la entrecortada respiración de su esposa que, con cada segundo que pasaba sus nervios pasaban a un nuevo nivel de descontrol.
    –Tranquila cariño– con cuidado le besó los labios, apenas una caricia que bastó para tranquilizarla–. No pasa nada, ¿vale?
    –¿Y los niños?
    –Yo me encargo.
    Al levantarse de la cama, sintió como el frío helaba sus pies descalzos, buscó a tientas las zapatillas, pero recordó, no sin cierta frustración, que las había dejado en el cuarto de baño de la planta baja. Con un parpadeo, el reloj situado a su izquierda sobre la mesita de noche, acababa de marcar las cuatro y treintainueve de la madrugada. El timbre sonó de nuevo y Máximo levantó su adormecido cuerpo de la cama. Mientras salía de la habitación, fue consciente de la mirada de Emily, que no le abandonó hasta que lo perdió por completo de vista.
    Antes de bajar, pasó por la habitación de los niños que, como pudo comprobar, seguían durmiendo, pese al incesante timbre.
    Bajando la escalera, notó que estaba nervioso incluso se sentía ansioso por saber quién era la persona que esperaba al otro lado de la puerta. Podía tratarse de cualquiera y la experiencia le decía que no era buena idea descartar a las personas sin tener varias pruebas que lo justificaran. Las palabras de su padre sonaron en su cabeza como el eco de un pasado lejano; “la seguridad ante todo”. Existiera peligro o no, nunca estaba de más estar protegido. Con sigilo, abrió el armario empotrado que había en el hueco de la escalera. El armario que aparentemente estaba reservado sólo para los abrigos, escondía en su interior una pequeña puertecita oculta en un lateral de la zona donde se colgaban los abrigos, esta, era ilocalizable a no ser que ya se conociera su ubicación. Dentro, ocultaba varias pistolas de 9mm y de las cuales sólo precisó de una, a la que le añadió el silenciador, para que, en el caso de que disparase, ningún vecino entrometido llamase a la policía. Cuando la tuvo preparada, cerró todas las puertas del armario sin hacer ruido.
    El timbre continuó sonando, dejando cada vez menos tiempo entre un tono y otro. Con la pistola en la mano y pegando su cuerpo todo lo posible a la pared, llegó hasta la puerta. Segundos antes de abrir la puerta, un escalofrío le recorrió toda la médula, aquella sensación le sorprendió e impactó hasta tal punto, que se quedó inmóvil ante la puerta, a escasos centímetros del pomo. El timbre dejó de sonar. Hacía tantos años que no sentía esa sensación, tanto tiempo que la había apartado de su vida, que no esperaba volver a sentirla nunca más.
    Respiró profundamente.
    Como si se tratase de un acto reflejo, giró el pomo y antes de que la puerta hubiese terminado de abrirse, sujetaba con firmeza su pistola apuntando directamente a la cabeza de la persona que se hallaba en la entrada.
    –Muévete y te mato– La veracidad de aquellas palabras cayó entre ambos como algo palpable; cualquier paso en falso significaría la muerte para uno de los dos.
   –Nada ha cambiado, ¿verdad?– Ella levantó las manos para que quedase claro que estaba totalmente desarmada, o al menos en apariencia.
    –El tiempo no puede cambiarlo todo, y creo que la última vez te dejé bien claro lo que te pasaría si volvíamos a encontrarnos –sus dedos acariciaron el gatillo, listo para disparar al más mínimo movimiento.
    –Lo siento. –agachó la cabeza y se mordió discretamente el  labio… temblaba.
    Por un segundo, Máximo se permitió relajar la postura que mantenía sobre el arma. Quizás, después de todo el tiempo sí que lo había ablandado. Despacio, bajó el arma de modo que apuntase al suelo y se tomó el lujo de relajar los hombros. La observó mientras ella contenía el llanto.
    Había cambiado. La chica joven y tenaz que vivía en esa misma casa tiempo atrás, había desaparecido sin dejar rastro alguno; su  mirada, antes alegre y jovial, ahora era triste y denotaba cansancio en sus visibles ojeras, su cabello había perdido color y su rostro mostraba pequeñas muestras del paso del tiempo que no se preocupaba en ocultar. Finalmente, Max hizo la pregunta que se planteaba desde el momento en el que supo que ella estaba al otro lado de la puerta.
    –¿Qué es lo que quieres, Raquel?
    Ella dudó, preguntándose si podía o no contarle sus pesares y sobre todo, asustada de que él le negase su ayuda. En otro tiempo, que ahora se le antojaba muy lejano, habían sido íntimos, no había nada que el uno no supiese del otro, o al menos, así fue hasta el día que, evidentemente, lo cambió todo. Raquel alzó la cabeza para mirarle directamente a la cara.
    –Sé que lo que hice fue injusto… y que no tengo escusa por ello. Aunque te cueste creerlo, pienso en ello todos los días, y todos los días lamento no haber sido capaz de actuar de otro modo. He estado viviendo mi vida sin otorgarle valor alguno… pero ahora… ahora…
    Una silenciosa lágrima se deslizó por su mejilla al igual que un minúsculo riachuelo, segundos después de que surgiera, Raquel se frotó, casi con ansia, la mejilla mojada para hacerla desaparecer. Apesadumbrada y con los ojos húmedos por las lágrimas contenidas, le miró, por primera vez desde que abriese la puerta, directamente a los ojos.
    –¿Puedo… pasar?
    ¿Cómo podría decirle que no? No podía, a pesar de todo, no podía.
    Asintió con la cabeza y se hizo a un lado, dejando espacio suficiente para que pasara. Ella atravesó el umbral algo vacilante, consciente de que Max podía cambiar de opinión de un momento a otro.
    Raquel cruzó el pasillo que llevaba al salón a la vez que los recuerdos se aglomeraban en su cabeza, le echó un ligero vistazo a la decoración en la que observó ligeras modificaciones que hablaban de la familia que ahora vivía allí.
    Con nostalgia, acarició el brazo del sofá que aún conservaba el suave tacto que la había fascinado desde su más tierna infancia, con los años, había buscado esa misma tela por todas partes, pero sin mucho éxito. Intentó sentarse sin hacer ningún movimiento brusco, pero el cansancio acumulado de varios días pudo con ella y se dejó caer con un suspiro.
    Máximo se sentó a su lado, esperando que fuese ella la que tomase la palabra. Pero los minutos transcurrieron y el silencio era abrumador, apenas roto por sus respiraciones. Max se dejó caer sobre el sofá, había pasado suficiente tiempo desde que bajó como para que Emily se preocupara.
    –Tengo que ir a decirle a mi…– dudó por un instante lo que iba a decir ya que Raquel no sabía nada sobre Emily– a mi esposa que estás aquí.
    Se levantó del sofá e hizo un amago por alejarse pero Raquel lo detuvo reteniéndole la mano. Levantando la vista hacia él, pudo notar que estaba asustada e inquieta. En ese instante, supo que algo iba mucho peor de lo que en un principio podía haberse imaginado, del mismo modo, que en su interior supo que no importaba qué le pidiese, haría todo lo que estuviese en su mano.
    –Maxi…– Raquel susurró su nombre a la vez que  de sus ojos comenzaban a manar lágrimas– Estoy embarazada, he abandonado un trabajo y no sé cómo habrán reaccionado los de arriba… Tengo tanto miedo.
    Máximo volvió a sentarse a su lado y antes de que ella pudiera decir nada más, la abrazó del mismo modo en el que lo hacía cuando eran niños y sus problemas podían solucionarse sin que nadie saliera perjudicado. Raquel lloró aquella noche todo lo que no había llorado en su vida.
    Más tarde, ambos seguían abrazados sobre el sofá, ella casi se había quedado dormida, pero aún la escuchaba sollozar, conteniendo los restos de sus múltiples lágrimas retenidas durante años.
    –Maxi–susurró Raquel sorbiéndose sonoramente los mocos–, no quiero que mi hijo lleve la misma vida que yo… Sólo quiero que sea normal. No me importa lo que tenga que hacer, aunque me cueste la vida.
    Se quedaron callados, en aquel silencio, sus palabras hicieron mella en Máximo, que reflexionó sobre ello y las posibilidades que podrían tomar para encontrar una solución que les agradara a los dos. Raquel, en cambio, de lo único que era consciente, era de la vida que se estaba formando en su interior y en el cambio radical que se produjo en sí misma en el instante en que aquel test dio positivo.

domingo, 16 de octubre de 2011

Introducción

   Introdujo la llave en la cerradura, comprobando que encajaba perfectamente... ¡Pequeña estúpida! Debería haber cambiado la cerradura en el mismo instante en que lo echó a patadas, o al menos, debería haber cambiado de piso. 
   Entró en el apartamento sin saber qué encontraría allí. Según le habían informado sus contactos, nada había salido según lo planeado, aunque eso ya lo sabía, lo había supuesto desde el principio, desde que ella le dijo lo que planeaba. 
   Escuchó de fondo cómo un chorro de agua caía de un modo constante y fue directo al lugar en el que se encontraba el baño, conocía tan bien aquel apartamento... Siquiera le costaba imaginársela en la ducha, con el agua cayendo sobre ella, pero al pasar por la cocina, notó que el termo estaba apagado; ¿Un baño de agua fría? Hacía demasiado frío para cometer semejante estupidez y aun así, la creía capaz de aquello. 
   Aceleró el paso, casi corrió por el pasillo, sintió cómo se le aceleraba el pulso al ver la puerta del cuarto de baño abierta... Y allí estaba ella.
   Sentada en el plato de ducha, agarrándose con fuerza las rodillas e inclinando la cabeza sobre estas, mientras el chorro de agua fría caía sobre ella, implacable. Se acercó lentamente a ella, estaba blanca como la nieve debido al frío.
   Cuando estaba a tan sólo un par de pasos del plato de ducha ella levantó, temblorosa, la cabeza y le miró con sus enrojecidos ojos, después le susurró un ininteligible "vete". Él se agachó lentamente a su lado, hasta quedarse en cuclillas, mirándola a los ojos directamente. Definitivamente, había estado llorando.
   –¿Estás llorando?
   Ella le miró, temblado visiblemente, si estaba llorando en aquel momento, el agua se llevaba sus lágrimas. Su respuesta fue tajante.
   –No. Los asesinos nunca lloran.